sábado, 31 de diciembre de 2011

Inmortales


La gente es ridícula dentro de sus reacciones.

¿O me mientes?

¿Cuál es la reacción de la gente cuando se vuelve conocida? ¿A quién corresponde ver dentro de sus atribuciones?

Hablar como un idiota es algo típico y natural en el concepto de hombre que se comparte hoy en día, los papeles reflejan en la tinta desparramada que fracasó, que está destinado a ser algo más que solo una noticia afuera de la puerta, una sirena sonando y que provoca las caras de los vecinos en las ventanas, cuantas veces te hemos dicho que las mentiras son una sola, que los golpes preceden siempre al borde del cuchillo, no tenemos ojos en la espalda y puede que las llaves se hayan perdido, ahora habrá que dormir con medio ojo abierto, esa inmortalidad de la que se jactan las personas con seso pequeño, no muestran las copas que hacen eco en la sangre, imagínate si acaso hay o no hijos de por medio, la venganza es algo inevitable dentro de lo poco hermoso que es, esas falaces declaraciones donde consideras que a lo mejor algo salió mal desde el principio, donde te vestías apresuradamente para recibir una mala noticia que daba paso a absurdas confesiones, porque la dureza no consiente la normalidad de la tragedia, ahora quizás tengamos que cambiar la chapa de la puerta, estamos de acuerdo en cambiar toda la forma en que hablamos, en diluir en lágrimas los arrepentimientos por las decisiones que tomamos, las zapatillas igual eran baratas, y los pacos nunca van a hacer nada según me dicen desde mitos murmurados entre vociferaciones borrachas, sonadas de nariz y mala suerte, todas las posibilidades de que la angustia se pasee veleidosa al lado de la línea del tren, me cagaron, me cagaron, me cagaron, no me interesa todo lo que se pierde, me interesa el susto que provocas y que me hace vestir apresuradamente, dices que también devolviste la estupidez, que solo fue mala suerte, que eres invencible y que tu piel no será traspasada por pedacitos de metal contemplados con malicia, que el filo de algo brillante no te acariciará en medio de la noche, porque confundes lo que es el sentimiento, ¿Qué significa estar consciente en estos casos? ¿Qué significan en estos momentos tus famosos amigos? me dan rabia las inmediaciones de la mala fortuna, y de que las defensas sin esperanzas son propias de los hombres, como los hombres, aclarando que tu gente es tu gente y que eso no cambia después de todas las cosas que nunca te había dicho, los conocen y los tienen identificados, la noche es joven, sedienta de más noche, con abrazos y nudos ahogados en ira, por pedazos de papel estampados de piedras, color rojo sobre papeles verdes, la dinámica estúpida de aquellos que consideran posible encontrarse de nuevo las posiciones, te escolto hasta acá, por allá, porque sé que por ahí pasan cosas malas, sé cómo prevenir y como desaparecer, pero eventualmente las confesiones también se acaban con excusas de la realidad, y lo que no estaba allí después de todo, por eso yo vi prevenir todo esto, corriendo todo es más fácil, dejando atrás las situaciones de hace una hora atrás, como si pudiese hacer algo más que preocuparme, dejar de hablar como delincuente es tan difícil cuando el desayuno consiste en un idolatría tonta en el espejo, consideramos como compañía que dos billetes son una pérdida innecesaria, defendida orgullosamente porque la ignorancia es hoy sabiduría, los rayos no caen dos veces en el mismo lugar, entonces ¿Que significan en esta noche las experiencias? La ruleta cambia y la conformidad nos desborda. La magia que se hace con una moneda, con los gatos varían las cosas, que la personalidad no se conoce hasta que colapsa la soledad, yo sé que todavía no se van, que llamen a todos los que sea necesario llamar. Porque no era necesario llamarlos a todos de todos modos, no era necesario ser increíblemente idiota para llegar en una bolsa, no era necesario pensar que se es inmortal para dejar de creer en la parca. Los engaños, las burlas, las preocupaciones, y recuerdo tu número de memoria. No se puede hacer más de lo que se conoce como horizonte, y tú no sabes lo que viene ahora. ¿Cómo puedo prever que ellos no se han ido? Las consideraciones estéticas son meros recuerdos que según conceptos represivos, no son importantes. ¿Qué se puede hacer sin papeles? Y nadie considera que era importante, pero orgullosamente te paraste de manera imbécil.

Quiero salir, y dejar de yacer en esta casa.

Yo no quiero estar acá.

Yo no le tengo miedo a la calle.

Las promesas incumplidas también duelen porque son decepciones que corroen los vínculos que se forjaron en esta casa. Esta casa donde te acostumbraste a gritar como si nadie te oyese.

Esta casa tonta, donde me despido siempre.




sábado, 9 de julio de 2011

No más descubrimientos


Quizás le tuviesen miedo. Y fuese la única explicación totalmente satisfactoria que se nos ocultó todo este tiempo. Pero era tarde cuando ya estábamos arrastrados en el suelo, más o menos todos abrazados, pero en verdad no, porque el verano del sesenta y ocho había pasado y hacía tiempo que ser hippie significaba lo mismo que un dinosaurio melancólico para las nuevas camadas. De todos modos, fósiles o no, los perros estaban entrenados para morder hasta los huesos, ni siquiera para ladrar. Podríamos decir que ladraban por protocolos que debían seguir so pena de hallarse de patitas en la calle. A fin de cuentas, esos protocolos solo nos daban tiempo. Estiraban los momentos de tensión como un chicle desesperante, las carnes tensas y expectantes al movimiento que se desarrollase desde el otro lado del tablero. Yo mismo miraba a todos lados y veía cernirse el cerco sobre nosotros. Un par de viejitas me preocupaban insensatamente, más bien por razones piadosas. Si llegase a su edad, bien sería poder seguir invadiendo las calles en pos de razones que obedezcan a las ideas que me pareciesen justas, pero sus cuerpos ya no estaban ni medianamente cerca de poder soportar una “gaseada” proveniente de todos los ángulos estratégicamente posibles. Como hubiesen querido ellas tal vez ser veinteañeras recién pudriéndose, de nuevo, para bailarles rebeldes a las cámaras vigilándolo todo en las esquinas.

No hubo mayor tiempo para cavilaciones cuando anunciaron la intervención a un nivel más violento. Y bueno, se mordían la lengua para anunciarlo. No le sorprendía a nadie, en realidad. Me sujeté de las manos con mis amigos. Una chica enfrente mío, estaba dolorosamente nerviosa, a punto de arrancar gritando de allí. No cabía ponerse a consolarla, ni darle tratamiento relajante, sino un par de escuetas frases de recomendaciones vitales para salir de allí si las cosas se pusiesen en exceso color hormiga. El asfalto me parecía ahora un lugar tan poderoso como peligroso. Vaya uno a saber si los bocinazos nos apoyaban o demandaban una y otra vez nuestro desalojo. El día en que me pare de sorprender de lo graciosamente individuales y enquistados que son ciertos energúmenos, es cuando me vuelva sin lugar a dudas en uno de ellos.

El carro avanzó, como esos arcanos del tarot, anunciando cosas que no podíamos comprender más allá de lo que viésemos en el momento, solo susceptible a profundas y ajenas interpretaciones y análisis posteriores por tipos que se decían intelectuales, aplicando sus intrincados conceptos y clasificaciones a la burda normalidad que era para nosotros vernos las caras a través de las pantallas por cuatrocientos pesos la hora en el centro de llamados a la vuelta de la esquina. Desde nuestra impresionabilidad provinciana, denunciábamos con raras palabras que formaban frases cantaditas el revolcón helado con sabor a violación en que se habían convertido los grandes simbolismos de la seguridad citadina. Ya se comentaba desde hacía semanas que los mastines corrían un poco demasiado energizados en las persecuciones, que se abalanzaban con un fulgor un poco muy fuerte en los ojos sobre sus víctimas.

Gas, gas, gas por todos lados. Las viejitas eran, o militantes aguerridas de antiguos grupúsculos revolucionarios creadores de estrategias para huir de ataques fulminantes, o sabias hechiceras paganas de tiempos de la Colonia expertas en desaparecer, o (la probabilidad de la realidad cunetera) derechamente fiambres asfixiados tosiendo desfallecientes en el asfalto.

Mis manos no se soltaron durante apenas un par de metros. Percibía a mis amigos corriendo al mismo lado que yo, aunque los ojos entrecerrados no me permitiesen comprobarlo. Solo la chica que estaba sentada enfrente de mí me preocupaba fugazmente, ya que tal vez no hubiese escuchado o prestado suficiente atención al momento en que acordamos reunirnos en la plaza que se encontraba a cinco cuadras de allí si todo se volvía una copia del humeante Neptuno.

Negro, cruzándose curvados en mi camino. Rojo, ocultándose desesperadamente entre la muchedumbre. Café, tratando de encajar en algún lado, en el ciudadano público morboso. Blanco, muy atrás, con afanes tristes de contener la cacería (es que ellos añoran los tiempos del sesenta y ocho). Los trajes vestidos exclusivamente para la ocasión, algo extravagantes, se agrupaban entre ellos, tanto para reafirmar de manera más coactiva lo que el Blanco trató ridículamente de sostener, como para fugarse raudos del lugar, sabiéndose chivos expiatorios por antonomasia. Verde, persiguiéndolos a todos. Sus cascos no me dejaban observar, pero un murmullo silencioso en la huida adivinaba que tenían la lengua afuera, las venas se hinchaban en sus brazos y las pupilas se ampliaban ya por la emoción del deber disfrazado de instinto, o quién sabe, quizás lo contrario.

Mis poros evidenciaban el desagüe de sudor frío, contaminado por demasiada nicotina. Unos minutos más y me hubiese vuelto parte del asfalto también. Me alcanzó el combustible el tiempo preciso para perder de vista el Verde, y llegar a la plaza al trote. Uno, tres, cinco, ¿Estamos todos no? Mierda, ¿Y la niña que andaba contigo? Ya, ¿Qué hacemos? Allá está la cagá. Vamos todos, si acaso unidos podemos improvisar maniobras evasivas. A la marcha, media cuadra, y en el tumulto galopante que viene en dirección contraria con los rostros distorsionados por la respiración infrahumana, vislumbramos a una niña con una expresión de miedo particularmente familiar. Volando de un ala la agarramos, limón ahora ya, a la plaza de vuelta, lágrimas artificiales que aparecieron de algún bolso, elección presurosa de caminos y a la marcha nuevamente.

Hay que caminar como ciudadanos imperturbables. Es todo un arte, cuando el corazón te dice todo lo contrario en su irresistible palpitar. Oímos las sirenas silbar a nuestro lado, y las balizas, brillando como si estuvieran en carnaval, detenerse un poco más allá, Verde bajarse de manera exagerada, encarando sujetos con traje de fiesta a tono, y estos, sabiéndose palos blancos, protestar a gritos por la venganza teñida de procedimiento. El imperturbable semblante general de los espectadores pareció ser la aprobación tácita sobre la prosecución del espectáculo. Hasta nuestros enrabiados corazones trataron de acallar un poco su carrera para aclimatarse en el frío público. Mi abuela tenía un dicho en contra de esos episodios tan cómplices del vejamen; “Todos los corderos agradecen que no los eligieron a ellos cuando trasladan a otro desde al corral al matadero, y luego chillan al saber que todos los demás se regocijan cuando el turno les corresponde a ellos” exhaló cansada alguna tarde de verano que recuerdo con baja resolución.

Corderos de cabeza gacha, seguimos hasta la población más cercana. El centro quedaba a muchas cuadras y las sirenas se oían veloces llenando todas las avenidas principales. Un par de cuadras más y nos echamos a descansar los pies en una plaza semi-oculta entre árboles frondosos de clase media y un par de pasajes estrechos con poca accesibilidad de vehículos. Uno se quedó un par de minutos, y despidiéndose de todos, se llevó a la chiquilla nerviosa de la mano, ya más tranquila, sabiendo que por esa noche el turno era de otro. La despedimos con empatía, porque también tuvimos y en cierta manera, no hemos dejado de tener pavor en ser lo que la naturaleza, o las hormonas, o los libros, o la cochina ciudadela nos exige ser: solamente todo lo que puede serse, y un poquito mucho más allá de eso.

Comentarios van y vienen, que hubo bastante y en escala más bien apoteósica, que las calles pronto revestirán un verde más pacato que reemplazaría los frondosos árboles de clase media, que entre varios cientos de personas la cuenta final arrojaba cierta adhesión espontánea, un golpe bajo para la complicidad de cuneta y estación de micro. A modo de coronar una de varias más sesiones de descanso en el asfalto, en las evocaciones masivas de las antiguas añoranzas cursis y utópicas, uno de los restantes hizo aparecer de su bolsillo un cocaví gracioso a mi lado. Lo encendió la única chica que quedaba, altiva e intelectual ella, con especial cuidado en no quemar nada más de lo necesario. Otro también sorprendió al hacer aparecer un cartucho de cogollos. Si la idea era celebrar, había que tirar toda la carne a la parrilla. El que lo saca elige quién lo enciende, y así nos fuimos por varios minutos. Corre que te pillo, y ya todos nos hallábamos con los pulmones llenos de humo, sintiendo que conforme pasaban los segundos, se nos subía alegremente a la cabeza, y el pasto en que apoyábamos nuestras manos adquiría una textura reveladoramente llena de vida. Estábamos sentados sobre una especie de loma, debajo de un árbol que no conocía mayormente, pero parecía a punto de florecer con tonalidades amarillas. Se podía observar no el centro, pero sí las demás poblaciones que lo circundaban, los postes de luz en conjunto creando una borrosa postal de la ciudad, como velas, el resplandor de cientos de velas sobre cajitas de fósforos, apiladas una sobre otra, dejando entrever en su centelleo los colores que bañaban las cajitas. Corría algo de brisa, pero no hacía mayor frío. Ahí hay un negocio abierto, mira. Monedas, más bolsillos y más monedas. Una cajetilla de cigarros, por favor. ¿Para qué nos alcanza?

Vuelta a la marcha; uno que se despidió de todos, y caminó, medio lentito, en búsqueda de un colectivo hacia su casa. La plaza, el pastito, las luces de los autos que pasan varios metros más allá, quizás riéndose de nuestras risas.

La brisa no está helada ni muy fuerte cuando pasa a ras de la ciudad, pero parece suficiente arriba en el cielo para desplazar con relativa velocidad las nubes. No puedo evitarlo, y me recuesto para saludar a la Luna y sus secuaces, que realizan titilantes constelaciones que no entiendo. Uno a uno se me unen, la chica altiva e intelectual cruza un pierna sobre otra mientras exhala el humo del cigarro al aire, recostada a mi lado izquierdo. Otro a mi derecha, con chaqueta de cuerina salida de tienda de ropa americana que en realidad no es americana sino que fijo se la robaron a algún desafortunado en algún punto oscuro y perdido de la ciudad, le toma la mano al chico de lentes con marco negro grueso a su otro lado, que a su vez entiende la necesidad que tenemos todos de sostenernos las manos con alguien ante la impaciente celeridad que nos incitaba la imagen del firmamento nocturno. Tímidamente acerqué mi mano izquierda a la de ella, pero ella actuó más decidida, apretándomela suavemente sin mayor trámite. Nos quedamos allí largo rato todos en silencio, sabiendo que lo que hacíamos era cliché y auguraba para futuros recuerdos, anécdotas de yuppies camuflados de progresistas pero marginales jactándose sobre lo revolucionarios que eran cuando adolescentes.

El efecto de la hierba quemada sacudió mis neuronas con dulzura. Las fotografías que concebía en mi pensamiento se manifestaban una tras otra, como una presentación de diapositivas frenética y sin orden, de vez en cuando con interferencias de palabras azarosas entre medio, ya entremezclándose unas con otras, convirtiéndose en un conglomerado idílico entre ideas chisporroteantes que aparecían y se extinguían, dejándome con la creciente ansiedad de atraparlas en el aire antes de que se esfumasen.

Quizás le tuviesen miedo por eso. A eso y a todo lo que nos negábamos a dejar de ser. Acostarse en el asfalto frente a los alarmantes carros verdes era solo una manera de expresarlo, pero se aunaba más de un anhelo común entre aquellos que huíamos gaseados. Las horas ya no transitaban como nos dijesen que lo hacían cuando niños, las experiencias nos parecían menos traumantes e importantes como cuando nos las presentaron, y acaso los motivos para confesiones ultra terrenas se tornaban asuntos extremadamente comunes y placenteros, arrancándoles el vestigio de tabúes que osaban llevar. Nuestras manos juntas sobre el pasto reveladoramente vivo nos decían algo más de eso. Quizás tenían miedo de lo que pudiésemos imaginar. Pero como con todo lo demás, un instintivo impulso nos susurraba que en verdad las cosas no eran tan malignas como nos quisieron hacer creer y que el peligro provenía desde otras vertientes; la tan bienhechora y realmente maligna cobertura pública y cotidiana de los pecados sociales que nos carcomían la esencia sin que tuviésemos palabras para describirlo.

Ahora, con la Luna revoloteando allá arriba, la única explicación posible para tanto temor y orgullo era lo que podíamos descubrir más allá de lo que ellos percibían. Quizás a eso, entre muchas otras cosas, pero solo a eso, como su temor más profundo de todos, correspondía la explicación para tanta irracionalidad. La muerte de cada una de nuestras células cerebrales, significaba metafóricamente una explosión de novedad, creando cadenas larguísimas de asuntos que no podríamos explicar aunque nos empeñásemos en eso la vida. Cada una era un estallido en medio de la oscuridad, llenado todos los espacios de cosas tan jodidamente nuevas, que las palabras se hacían absurdas e inútiles para denominarlas, porque escapaban deliberadamente de ellas. Como alguien que contemplase un color nuevo, o un sonido que nunca pudiese explicar, las ideas que brillaban efímeras en nuestra cabeza, provenientes de tantas muertes no recomendadas, parecían tener vida propia, pues al querer mirarlas de frente, se ocultaban en palabras conocidas, en sensaciones ya experimentadas. Huían de nosotros, como también lo hicimos de quienes no podían entendernos. Quizás a esto le tuviesen tanto profundo y freudiano pánico. Estábamos viendo algo nuevo, y eso no tenía lugar, denominación, forma alguna existente para volverlo socialmente “real”.

El tiempo transcurrió como sabíamos que lo haría, sin originalidad, ni variación en sus cambios impertinentes. El gigantesco sonido entre vagabundo y sonámbulo que emanaba de la ciudad ante la ausencia de las sirenas fue la señal de empezar a moverse. Nos levantamos, sabiendo en pocas palabras mal hilvanadas, abrazos espontáneos, gestos toscos y apretones de manos, que queríamos decir algo parecido, ojalá igual, pero no había como volverlo socialmente “real”. Así como con todo lo que nosotros éramos, tanto en grupo como individualmente, nuestras diferentes pero racionalmente similares aspiraciones a lo que esperábamos que fuera la más natural normalidad, sabíamos que en cada medida, nada poseía suficiente realidad social. Y caía como un balde de agua fría sobre nosotros, más que la progresiva brisa gélida nocturna misma.

Vuelta a la marcha; rumbo a nuestros hogares. Que nadie recuerde lo que sucedió esta noche, no vaya a ser acaso que uno u otro se ilusioné demasiado, y pretenda, en el más retorcido, subversivo, antisocial y enfermo (original) sueño que tenga, darle realidad a lo que presenciamos en nuestras mentes; el espectáculo pirotécnico de nuestras propias convicciones.


"Honey, I'm home".

domingo, 26 de septiembre de 2010

Back in Business

Ante la pregunta de hacia donde era que íbamos, la respuesta es casi la misma que cuando empezamos.
De todos modos el plan original es cagarla. Ni más ni menos.
"enséñale a todas las que conozcas a defenderse. más que defenderse, a arrancar pollas a mordiscos, castrar con los dedos, inducir la impotencia mental, arrancar ojos de abusadores y envenenar a los canallas"
Hay demasiados idiotas que destruyen gente allá afuera sin ninguna mayor razón. Sólo porque pueden. Porque los hace sentir poderosos. Y a veces el karma se demora demasiado en llegar.
"búscalos en todas partes. certificados, diplomas, cursos, declaraciones, registros, pagos, un montón de información sobre la mesa. la mayoría no pueden ver sus dientes cuando se aproximan. han aprendido a volverse temibles tiburones. han corrompido a los más soñadores y socavado el respeto por los ajenos"
Se evidencian sobre todo en las palabras que usan. Sus rostros en realidad no pueden ocultar desagrado cuando tocan conceptos que contraríen sustancialmente sus hegemonías violentas. Cuidado sobre como rebuscan las más variadas palabras para no decir tal o cual cosa. "Estoy a favor de esto, pero..." Remilgos. Excusas. Si los ves en puestos de poder, sus administraciones son una contradicción avasalladora sobre lo que expresan y la manera en que tratan a sus pares.
"una vez que golpearon a una, no hay vuelta atrás. una vez que patearon y escupieron a otro, les puede parecer normal hacerlo de nuevo. a nada le temen más que a los debates demasiado apasionados. sus mundos se derrumban cuando chocan con realidades en extremo reales para ellos. no obedecen sino a la brutalidad asquerosa de la que hacen ostentación o al frío raciocinio empleado deliberadamente para joder a otros por motivos ridículos"
Una ciudad al culo del mundo, deja de ser tan prístina y encantadora cuando entiende que no tiene la necesidad de seguir siéndolo para sobrevivir entre las demás hermanas meretrices. No hubo mayor necesidad de contener las bajas pasiones de la tergiversada irracionalidad moral o religiosa, y dar rienda suelta al pandemónium inverso. Sodoma y Gomorra de la hipocresía. Ya no más turbas, ni bacanales. En las más finas, repulsivamente exquisitas casas, las bestias terminan por devorarse a sí mismas. El vejamen se ocultó a voces en el manto de la privacidad. La violencia inconscientemente colectiva hacia el inmenso mundo mayoritario se volvió rutina. "Ya no queremos violar ángeles" concluyeron, "Nosotros somos los buenos".
"sus hijos, sus hijos, sus preciosos hijos. es increíble lo pequeño que puede ser el diminuto mundo de una ciudad al culo del mundo, de un montón de personillas pululando en el culo del mundo. dicen que las palabras, escogidas perfectamente las adecuadas, quedan rezumbando durante días en la cabeza, meses largos, hasta incluso años, cuando producen silenciosamente el ¡clic! que separa un trozo de vida disponible para olvidar y otro trozo que no se borrará, sino que se releerá una y otra vez, repensándose para saber si pudo haber pasado de otra manera. el talento del interventor entonces, es precisamente que la respuesta a esa eterna duda sea no. no había forma de que las cosas salieran diferente. era algo que tenías que aprender. era algo que tenías que ver por ti mismo. era algo que los hijos-de-puta de tus progenitores, tutores, maestros o líderes te hubiesen dicho que estaba mal"
El plan original era cagarla. Pero a diferencia de ellos, queríamos (queremos, si acaso no nos tragan los vaivenes de las turbas) infectar a las semillas con propósitos claros: ser un cabrón no sirve para nada. Las mujeres también lo valían, para mucho más de lo que admitían. Los anti-naturales también soñábamos, aunque lo negaran entre rezos. Las cosas no eran inmutables. No lo fueron, y no lo serán tampoco. El antiguo cabrón que pretendía volver su vida en la administración de un fundo, entendiendo la de los demás como allegados, esta en vías de extinción, sino enterrado.
"incomódalos. reparte la infección entre todos los que debiesen oír. proponte metas mensuales o algo así. número de idiotas trastornados. diez puntos por cada uno, canjeables por cerveza. no soportes que las bestias respiren demasiado cerca tuyo ni que te convenzan de sus alegatos cuando eleven las voces para escucharse solo a ellos mismos. en cierta manera, son víctimas de restringidos e inalterables principios que conciben la diferencia como una patología, una equivocación corregible. la normalidad es una mierda variable. basta con incomodar suficiente. los campos de batalla los configuran a su vez los victimarios. el elemento sorpresa siempre es una ventaja. y créeme, que son bastante impresionables"
Nuevos cabrones caminan sobre la tierra.


viernes, 27 de agosto de 2010

Guiados


Se venía de manera culpable cuando se masturbaba, y en realidad no disfrutaba en lo más mínimo, sino cuando colocaba todo el volumen a su notebook para escuchar la Feldeinsamkeit opus 86/2 de Brahms mientras se la chupaba a algún pajarete que no entendía ni lo que estaba sonando en el aire ni los sonidos que emitía su raro amante con el artefacto en la boca.
La lógica del mercado excluía virtualmente que este tipo de gente tuviese un abanico de posibilidades sexuales a su haber, pero a este particular amante de las más extraviadas obras de óperas desgarradoras y viejas piezas de piano le sobraba encanto y le faltaba vergüenza. Sabiendo que a su edad no tenía mucho que hacer en un primer approach frente a los niñatos que bailaban con Lady Gaga, rompía el hielo comprando tragos sin que nadie se lo pidiese, y encendiendo cigarros sin que nadie tuviese uno. Tenía también un sexto sentido para detectar mentiras, y siempre precavido, prácticamente sometía a sus posibles víctimas a un interrogatorio para dilucidar cuando los niñatos estaban sobre el límite que definía el estupro y cuando agregaban primaveras a sus vidas.
Sin gozar de un trabajo soñado, no pasó nunca hambre y consiguió comprar a poco crédito una Toyota 4runner negra del 2009 donde se llevaba a los niñatos a su morada, no sin antes pasar a comprar una cajetilla de Gitanes en algún negocio abierto del barrio alto.
Como la Feldeinsamkeit no le duraba lo suficiente, primero empezaba con la Sinfonía #3 opus 90-1 de Brahms, con el chico ya enrollado en sus sabanas azules de satén. Luego seguía con Les Pecheurs de Perles de Bizet cuando había desnudado ya a su víctima, desde allí avanzaba raudo por la piel de la víctima al son de Fantasie Impromptu hasta quedar satisfecho del olor a desodorantes baratos, sudor seco de baile, y nuevo sudor nervioso, fresco de pleno rubor, hasta hundirlo en un triste, y casi ceremonial Liebestraum, al tiempo en que se acuclillaba en la cama a fumar, observando la mirada ansiosa del niñato de turno, y sabiendo que se aproximaba el fin de los profundos acordes, procedía a succionar el artefacto viril del niñato, sólo porque podía o tal vez sólo porque así lo disfrutaba. No dejaba que lo tocaran, le parecían en extremo tontas las caricias de los nenes. Le concedía el exclusivo poder de acariciar sus fibras a las finas melodías de la Feldeinsamkeit, y acababa gozoso siempre en ella, sin importar la suerte del niñato, que se hiciese una paja si le hacía falta.
La ciudad era grande y él impaciente. Sus pasos no se repetían, y no tenía ninguna explicación propia de porqué tanta insaciabilidad de inexperiencia. ''Es como si una batuta guiara mis movimientos; pretende que lo siga hasta algún grado de perfección que no conozco'', se justificaba. Para ninguna de sus víctimas tuvo mayor sentido tanta fascinación por un tipo que ya había gastado sus mejores cohetes hace tiempo, pero luego de compartir su egoísta cama, no se sacaban de la cabeza los sonidos que producía cuando se llenaba la boca con sus propias carnes, ni las manos que parecían apretar teclas sobre sus cuerpos, ni la manera en que llevaba a cabo los robatos entre los ritmos de las penetraciones difícilmente forzosas. Pero no tenían como saber, más allá de lo que habían aprendido de MTV, que no era culpa del extraño tipo que fumaba mientras follaba con ellos, sino que él era solo un mensajero, un canal conductor entre los inconmensurables mares que guardaban esas melodías aburridas y las emociones que despertaban dentro de ellos mismos, emociones que se rompían violentamente como olas contra roqueríos, al igual que la primera vez que dichas piezas fueron escuchadas y cautivaran a sus incrédulos oyentes.






Ni mi nombre le hubiese confiado yo. Hay mensajeros y hay pacientes mentales. El ensayo y error demuestra que los segundos son mejores para confiar; no te pillan de sorpresa.

domingo, 22 de agosto de 2010

And who does it?


"Por lo anterior, yo siempre escupo en mi cuaderno en llamas, pero bueno, que se le va a hacer si cada vez que me miro las manos, veo palitos, de esas como rayitas de cuarto básico dibujadas, me desarmo, sabes? me pidieron que marcara mis preferencias, y las opciones que consideraba correctas, pero para mí eran todas, o no había nada allí que fuera cierta, ves? marque todas las letras D, así no le doy explicaciones a nadie, pensé, pero después me dicen que no me lo tomé en serio y la entrevista personal, pero yo, no sé, no estaba tan allí como debía estarlo, y entonces me dieron una hoja para retratarme, pero las batas blancas me dan miedo, con las puertas tan abiertas, sin saber quién puede entrar, y seguían esperando el dibujo, yo no vi otra salida que carraspear, te das cuenta? y lanzar un misil de flema verde claro sobre la hoja, y listo, así que imagínate el concepto compartido que tengo de mí mismo"

miércoles, 11 de agosto de 2010

Los Mareados

" Ellos eran muy punk rockers, los cabrones.
La Marta quedo preñada y el Cacho se hizo el loco y se fue pa'l norte.
No había nada gracioso cuando no estaban tan juntos.
El Chato esta trabajando en la pesquera, de sol a sol parece, porque nadie lo ha visto.
Como un grupo de hienas, riéndose de todos, acechaban a las viejitas afuera de los supermercados y las iglesias. "Una moneda pueh tía, pa'l bajón".
El Roro esta matando las horas, cagándose encima dentro de su pocilga que comparte con el Care Jarra, que a su vez alimenta al parásito en casa con lo que gana cargando papas en la feria.
Unos iban a buscar a los otros a la salida del colegio, y todos los pendejos se meaban de miedo cuando les pedían monedas.
La Chora desapareció cuando su papá quedo tieso después del infarto. Se dice que anduvo bailándole por poca plata a los mineros, hasta que uno se la llevó con él, quizás para casarse, si uno espera lo mejor.
Una vez el Tito apareció con agujas. ¡Era Año Nuevo, Navidad y todas las fiestas juntas! Se quedaron mirando el techo de la habitación absortos en las moscas que volaban sobre ellos. La Marta se quedó dormida mirando por la ventana, observando los cerros pobremente iluminados.
Al Tito lo atropellaron un veinticinco de enero. Aunque le hicieron pagar al chofer, todos sabíamos que la culpa la tenía un Tito ebrio paseándose sin polera por la carretera. Ahora el gobierno lo patrocina con comida y techo, y hasta le han encontrado un trabajo de oficina.
Cuando se juntaban, tenían que estar constantemente moviéndose. Las viejas ociosas no dudaban en llamar a todas las fuerzas armadas del orden, una más puta que la otra, ansiosos estos de probar sus tácticas de emboscada con el grupo de "antisociales y drogadictos".
El Lucho irónicamente tenía excelentes notas, y becas al por mayor. Todo iba viento en popa hasta que los demás se enteraron y empezaron a aparecer por su puerta cada mes, cada semana, cada día. Fue a la capital a terminar sus estudios allá.
Una vez el viejo de la Chora, años antes de quedar tieso, los llevó a todos pa'l interior, a una ciudad pequeña y calurosa, a una tokata clandestina masiva. Ya allí, se dieron cuenta de que las autoridades habían sido más que alertadas y nadie con banderas negras se apareció. "¿Y qué?" dijo uno y se lanzaron a las botillerías. Echados en la cancha, con la cerveza tibia y los cigarros rancios, se rieron y molestaron a todos los transeúntes hasta que en un momento, en silencio observaron el calor que sobre el asfalto volvía borrosas las siluetas, y una breve brisa sacudió sus cabelleras teñidas.
Al Jano se lo cargaron a fines del año pasado. Quizás debía mucho, o simplemente vivía vida prestada. A las cincuenta y seis horas después de haber salido de la cárcel, el tipo le clavó cuatro puñaladas en la guata. Murió casi instantáneamente, desangrándose en un callejón sucio.
Y de los demás no sé más nada. Creo que ni siquiera me reconocerían."

Un arrendador.



Le sugerí que firmará con ese nombre después de haber visto "Se Arrienda" de Fuguet. Con cierta nostalgia nos dimos cuenta de que cada cuál a su manera, no nos habíamos vendido, pero nos habíamos arrendado. "Mierda, ya no hay vuelta atrás" dijo él.

sábado, 7 de agosto de 2010

El niño de sus ojos

Miraba a todos lados, nervioso. Si hubiera tenido un poquito más de experiencia, se habría dado cuenta de que la imagen que estaba ofreciendo no podía ser más sospechosa. Camisa rosada pálida metida dentro de los pantalones grises de tela, veston gris con finísimas líneas negras que lo surcaban de arriba hacia abajo, corbata roja oscura, más bien conchevino, de nudo mediano, prolijo rostro afeitado de veinteañero, pelo negro peinado con algún producto de fijación, ojos café observando todos los autos, todos los pasajeros con una impaciente mirada. Y como guinda de la torta, en una esquina, en un barrio viejo, ni tan popular, ni tan tranquilo, ni tan adecuado para ver a un chicuelo vestido tan elegante nervioso a eso de las ocho de la tarde parado en una esquina, moviendo de aquí para allá sus zapatos negros brillantes de tanto lustrado. “No lleva flores, pues. Por eso tan nervioso” pensó para sus adentros una señora que pasó a su lado cargando la bolsa del pan.

El grupo de chicos que estaba sentado en la esquina del pasaje, apenas a unos veinticinco metros más allá, lo tenía en la mira hace rato. No habían perdido un detalle de sus movimientos, y se hablaban entre ellos sobre lo que podrían hacerle si pasaban unos minutos más. Él evitaba mirar hacia allá, concentraba todos sus escrutinios en los pocos autos que pasaban. Ya se habían levantado de donde estaban el grupo de chicos, acercándose lentamente, cuando un auto modelo TS Coupe de color café llegó hacia donde estaba él. Aliviado, se subió de inmediato. Pasaron frente al grupo de chicos, que lo observaron del otro lado de la ventanilla, serios y desafiantes.

- Nos demoramos mucho? -. Preguntó el chofer.

- No, casi nada -. Respondió él, consciente de que esa era la respuesta correcta.

La radio sonaba con alguna mierda de reggaetón, mientras el chofer y el copiloto hablaban de lo que habían hecho la noche anterior. El tipo que estaba al lado de él, era el amigo que lo había invitado a participar.

- ¿Estás nervioso? -. Le pregunto su amigo, que también iba elegantemente vestido.

- Un poco.

- Sí, yo también. Acuérdate lo que hablamos antes, si pasa algo malo -. Le recordó en voz baja.

“Algo malo” significa básicamente si los atrapaban. La policía había detenido hace dos semanas y media a un grupo de muchachos (y no tan muchachos) como ellos cuando desbarataron a una red que ofrecía, según declaró la Fiscalía a los medios, “un servicio que repudia a la moral y el interés público”. Y “lo que habían hablado antes” significaba la conversación que tuvieron al momento en que le ofrecieron al nervioso chico de terno gris subirse al auto. “Nosotros no sabíamos adonde nos llevaban, tenemos que decir, o sino algo así como que pensábamos que íbamos a un cabaret, no sé” le había explicado su amigo. El chofer los observó por el espejo retrovisor. Si sucedía algo malo, ninguno de ellos se conocía.

Anduvieron una media hora por la autopista primero, luego se adentraron en un cerro, en una población con casas acumuladas, amontonadas una sobre otras, emplazadas en medio de las rocas que se alzaban sobre las plazas sin juegos, ni pasto, apenas banquillas pintarrajeadas donde esperaban grupos de chicos taciturnos, por algún cliente, algún ansioso consumidor.



El auto se estacionó en un pasaje, frente a una casa grande de dos pisos. Quizás era verde, no se podía vislumbrar mucho en la noche joven y con los focos quebrados de los postes de luz que debían alumbrar el angosto pasaje. Se apearon del auto, y el otrora chofer golpeó la puerta.

Un hombre de unos cincuenta y pico años la abrió, con sombra negra en demasía sobre sus párpados, unos labios pintados de color rojo intenso evitaron manchar la mejilla de quien entraba, hasta que le tocó el turno al muchacho nervioso de veston gris.

- ¡Eá, carne fresca! -. Exclamó el hombre en voz alta. Lo invito a pasar, extendiendo su brazo tapizado con un chal verde claro. Se sentaron en los sillones negros que los aguardaban en el living.

Cerró la puerta, taconeó el piso de madera con fuerza, logrando que sus piernas tiritaran dentro de las medias negras que llevaba y gritó con fuerza: “¡Bajen niños!”

Por el techo se oyeron los pasos apresurados, las puertas rechinando al abrirse, y los jóvenes bajaron presurosos por la escalera vieja de madera, para quedarse quietos, esperando en el living decorado con fotos en blanco y negro de Madonna, Judy Garland, Ava Gardner y Marilyn Monroe.

Eran seis, vestidos intencionadamente con ropa de marca, colores vivos y zapatillas Adidas, para resaltar mucho más su corta edad. Había caras con pómulos salientes, de clara descendencia indígena, y un par con piel blanca como la leche, algunos con pelitos tímidos que asomaban en la caras, otros derechamente lampiños, de cabellos rizados algunos, de pelos tiesos otros. Todos cuchicheaban entre ellos, y se reían quedamente

- ¿Quién va a pagar? -. Preguntó inquisidor el hombre de labios pintados.

- Yo -. Respondió el amigo del muchacho nervioso-. ¿Cuánto va a ser?

- Lo mismo de siempre guapo -. Contestó meloso el hombre, recibiendo los billetes uno por uno, hasta que estuvieron todos, y les asintió a los niños que esperaban con rostros risueños. Uno de ellos, que llevaba una polera negra sin manga, jeans ajustados de color morado y un tatuaje tribal en su hombro izquierdo, se adelanto hacia ellos.

- ¿No quieren pasar al salón a tomar algo antes?

- Como no, Matías -. Respondió el otrora chofer. Tres chiquillos se adentraron por un pasillo hacia un salón adentro de la casa, seguidos por los acompañantes del nervioso muchacho de veston gris.




El muchacho se quedo de pie, sin saber qué hacer. No bebía alcohol.

-¿Qué pasa corazón? ¿Necesita ir al baño? Aprovecha a tomarte algo, antes de que lleguen todos los viejos, que esos no se despegan del bar -. Le comentó el hombre de medias negras y chal verde.

-No, gracias. Es que… -. Magulló, dirigiendo la vista hacia los otros tres chicos que estaban subiendo de nuevo al segundo piso.

-Ah… Como no dice nada entonces… ¡Gabriel! ¡Ven! -. Gritó el hombre.

Un chico flaco, con camisa negra, jeans azules, de tez morena y ojos verdes, bajó de nuevo la escalera.

-Dale la bienvenida al nuevo -. Ordenó el hombre, antes de prender un cigarrillo y dirigirse al salón.

El chiquillo le estiró la mano, la cual tomó el muchacho, aún más nervioso. Subieron hacia un pasillo que llevaba a múltiples habitaciones. La casa era del tipo colonial, viejo diseño con patios grandes, ampliada para servir de bar, salón de baile, cocina y living en el primer piso y en el segundo disponer de siete habitaciones. Fueron a la última del pasillo, donde Gabriel abrió la puerta para dejar entrever una decoración más bien infantil. Las paredes de color amarillo, estaban tapizadas por posters de bandas gringas. Una cama con cobertor azul con autitos y un velador grande y viejo eran todos los muebles que había. Había una ventana abierta que daba hacia la calle, hacia los cerros con más casas viejas y amontonadas. Una fotografía de River Phoenix, también en blanco y negro, era lo único que desteñía con el ambiente de pubertad. La imagen observaba la cama, desde su porta retratos sobre el velador. Gabriel entro primero, y cerró la ventana.

-Recuéstate y sácate ese veston -. Le dijo sin ganas Gabriel, revelando un acento venezolano.

-¿Cuántos años tienes?

-¿Qué importa eso? -. Replicó Gabriel, mientras cerraba con pestillo la puerta-. ¿Primera vez que vienes? -. El muchacho de veston gris, ya sin él, asintió. Gabriel sonrió, antes de apagar la luz.

- Tengo trece y medio, si saberlo te tranquiliza un poco más -. Le susurró Gabriel, al montarse sobre él, mientras las carcajadas y los vasos tintineantes se oían allá abajo. Ya se había quitado la polera, y a pesar de la oscuridad, se podía vislumbrar que sus hermosos ojos verdes brillaban, y su espalda, invitaba a tantear los huesos que se escondían bajo su delicada piel morena.

El muchacho, ya despojado de su veston, sus pantalones grises, su corbata conchevino y su camisa rosada pálido, vislumbró grande el número trece en su mente, antes de olvidarlo, y arrojarse al calor que Gabriel le ofrecía de espaldas, con suspiros quizás ensayados, quizás reales.