lunes, 20 de agosto de 2012

Necesidad de escribir

Día cualquiera, un microbús con apenas un par de pasajeros, el sol invernal cayendo sin glamour alguno sobre el asfalto, generando ese sopor propio del espacio de tiempo entre las 3 y las 4 de la tarde.
Yo sentado casi al final del microbús, en los últimos asientos de atrás. Detrás mío un chico sentado escucha reggaeton y bachata en su celular, lleva el pelo lleno de algún producto que lo mantiene en punta y con aspecto de brillo grasoso. Sus aros de fantasía brillan con la luz que entra por las ventanas y sus cejas se adivinan prolijamente recortadas.
Yo escuchando música mientras observo a la gente pasar rápido frente a mi ventana, hasta que de pronto me parece urgente escribir algo en el respaldo del asiento que tengo enfrente, saco un plumón que llevo siempre en mi mochila, y aprovechando que el chofer se detiene en una esquina para que suba una viejita, escribo ABORTO con letras grandes. Lo observo, siento como el chico sentado atrás mío también hace lo mismo. Me demoro varias cuadras más en darme cuenta que no era eso lo que quería escribir, y en la siguiente parada que hace el chofer, ensayo una corrección a la última letra. Ahora se lee ABORTA. Satisfecho, guardo el plumón.
Menos de un minuto se demora el chico que ha observado todo el proceso en tocarme el hombro y pedirme el plumón. Lo miro de reojo, la petición me entretiene. Se lo entrego y luego de un par de minutos me lo devuelve con un agradecimiento seco.
Una parada más y el chico se baja del microbús con prisa. Lo seguí con la mirada, supongo que lo juzgue bastante en mi cabeza. Sin siquiera oponer resistencia a la curiosidad, me cambio de asiento hacia atrás. En el respaldo del asiento donde yo estaba antes se lee TE AMO PAULA. Lo mismo en el asiento donde se sentó el chico, por lo que supongo tuvo que abrir las piernas para escribir grande el nombre de su amada.


Desde la ventana se pueden ver edificios, calles, paredes y fachadas pintadas todas de tonalidades pasteles, blancos o colores "neutros". Homogeneidad estética, campaña de "limpieza", cal por todos lados. Pareciera que en realidad todos quisiéramos decir algo de repente, y no importa que sea, si acaso nos parece válido o no el mensaje, o la forma, pero los espacios públicos exigen a gritos que la gente que transita, que vive en ellos, hagan notar su propia existencia. ¿Qué, si la necesidad de escribir es imperiosa? ¿Qué, si la opción alternativa es la neutralidad opaca? ¿Qué, si pudiésemos ser honestos, con apenas un par de rayas, con nosotros mismos y los demás, inmortalizar un pensamiento, un nombre o un sentimiento en la pared, el piso, el techo? ¿Qué, al fin y al cabo?
Un poco de color, por favor.

lunes, 16 de julio de 2012

Pavor (parte dos)


En la mitad de mi familia, que es evangélica, hay caos. Se dividen entre los que me conocen más y los que no tanto. De pronto soy motivo de disputa entre las hermanas, y mi madre se desvive en llamadas la noche que se da cuenta de todo. Lamentablemente esto de ser cortés y tener a todo el clan familiar agregado en mis redes sociales da para mucho. De paso, mis tíos y tías aprovechan a agarrar a largos sermones sobre cómo vivir la juventud a mis primos. Esto me lo confidencia una prima, que en plena etapa de adolescencia, de vez en vez me manda mensajes al celular. El de ahora me cuenta sobre la reacción escandalizada de sus padres y dice que quiere abrazarme muy fuerte. Le creo, siento que no me juzga. En mi casa, se armó un pandemónium delirante esa noche. Primero, de por qué tenían que enterarse por facebook. Segundo, de cómo había cometido semejante error, luego la rabia, los llantos descontrolados, la culpa –ese detestable sentimiento tan católico- y el silencio. Tengo veinte años de edad y el próximo mes cumplo veintiuno. Hace seis años y dos meses mi padre entra a mi cuarto borracho para amenazarme de muerte si confirma que sus sospechas son reales. Hoy, mi padre pega un portazo, cuando se va en silencio hacia la calle y no lo veo hasta dos días después. De vuelta, tiene los ojos cansados y pareciera que la edad le pesara como nunca, y las arrugas en su cara se ensombrecen más todavía. No comete ya el despropósito de amenazarme de muerte. Los snif snif van y vienen, y me abraza mitad emocionado, mitad tentativa de asfixia. Al día siguiente, mi hermana compra unos porros, que nos ponemos a fumar mientras escuchamos Pink Floyd, y nos reímos de cómo pelean nuestro perro y la gata en el patio. Escucho “It’s there anybody out there?” de pronto y me quedo en silencio, tengo los ojos inyectados y es difícil diferenciar por qué exactamente. Ella se da cuenta de todos modos y me abraza. Nos quedamos así, hasta que la gata se nos pasea entre las piernas. Nos separamos riendo, con sonidos de narices mojadas.
Una tarde me siento en el computador y le escribo a un activista de derechos homosexuales contándole brevemente mi historia y preguntando cuando supo él que era seropositivo, y cuál era el promedio de vida esperable. Podría averiguar esas cosas en Internet, pero prefiero preguntarle específicamente a él, para saber cuánto tiempo puedo permitirme ser un hinchapelotas político.
En la universidad, mis compañeros más cercanos se me acercan instantáneamente. Una amiga que a pesar de ser mormona siempre tuvo afinidad conmigo, se acerca llorando a abrazarme. Después de ver esa misma escena repetida tantas veces, tengo casi un protocolo sobre cómo actuar; le abrazo, le acarició el pelo y le digo al oído que no importa, que todo está bien. No lo está. Pero bueno, el protocolo parece funcionar. Como la población demográfica de la ciudad no es mucha, es propio de la gente tener siempre hambre y sed de noticias sobre la vida de otras personas. Los compañeros de mi carrera que no me hablan, de pronto me saludan, o me quedan mirando fijamente. En realidad, prácticamente todos me quedan mirando, inclusive los de primer año, que ni siquiera conozco. En clases, el profesor me aburre tanto que me insta al sueño. Sueño brevemente con agua fluyendo y me despierta la voz fuerte del profesor a mi lado. Despierto sobresaltado y lo miro con ojos que supongo reflejarían terror y lástima. Me mira como tentado de ponerme en ridículo frente al resto de la clase, pero se contiene, recapacita por alguna razón y apenas masculla un “no se duerma en clases”. Prosigue con su clase como si nada. Demoro algunos segundos en entenderlo todo, esta escuela tan ávida de telenovelas. Falto al resto de las clases ese día, llamo a mi amiga en esa gélida y lejana ciudad del sur, concertamos una cita en Skype y esa noche hablamos desde las 22:23 hasta las 02:35 del día siguiente. En el almuerzo de ese día, le comunico a mi familia que voy a congelar mis estudios un año, para repensar las cosas. No hay oposición, pero discutimos largamente sobre mis motivos y sobre lo que haría en el futuro próximo. Los tranquilizo con planes que en el fondo, no estoy muy seguro de querer concretar. Se agarran las manos mientras les hablo. Hace años que no los veía hacer eso.
Queda una semana para mi cumpleaños, congelé mi carrera hace seis días, y no he hecho más que pintar las paredes de mi pieza, vender artesanías en el centro y mirar películas volados con mi hermana. Hace dos días hablé con Mario, a pedido de él. Nos reunimos en un bar del barrio universitario, pedimos cervezas, la gente a nuestro alrededor grita, ríe a carcajadas, se saca fotos y una pareja en la esquina se besa como si no hubiera mañana. Mario me habla todo el tiempo con tono casi confidencial, inclinado sobre la mesa, obligándome a acercar mi cara a la suya para escuchar a cabalidad todo lo que quiere decirme. Esta nervioso, y cada vez que hablo yo, él bebe un trago de cerveza. Le explico cómo sucedieron las cosas, que no sabía quién me había infectado, que podría haber sido él, no estaba seguro, mal que mal me había acostado con otros tipos mientras nosotros estábamos juntos, ya no por el vulgar placer de la infidelidad, sino más bien por convicción política, desdén a la propiedad privada en las relaciones humanas, y toda esa faramalla anarquista del amor libre. Su cara se descompone, es difícil precisar exactamente que pasa por su cabeza. Mi memoria se fuga rápidamente a una escena ocurrida meses atrás. Yo, en su pieza, recostado en su cama, estoy fumándome un porro y bebiendo vino mientras veo televisión. Él entra a su departamento, abre la puerta de su habitación y me mira con sorpresa. Más que con sorpresa, con cara de culpa católica. Me sonrío y le pregunto que le sorprende tanto. “Recuerda que me hiciste una copia de llaves” le digo, y él sonríe tímidamente, deja su chaqueta sobre la cama, pone cara de recordar algo y se dirige hacia el living, buscando la maquina contestadora del teléfono de su casa. Escucha un par de mensajes y vuelve a la pieza a buscar una toalla. Me habla de que fue a beber con sus amigos después de ver el partido. Me río y le digo que Beni –Bernardo- llamó hace una hora preguntando por él, que se espantó cuando contesté yo y que colgó de inmediato. Su cara se puso un poco más blanca y la expresión de niño atrapado en medio de una jugarreta se acentúa. Me río de nuevo y le digo que es pésimo mentiroso. Tengo que levantarme para sacarlo de su repentina parálisis, lo abrazo con cuidado. Su camisa esta desabrochada, huele a sudor pero no me importa. Le repito al oído, como hiciese tantas veces antes, que no me importa, que de verdad no me importa. Se recuesta a beber y fumar conmigo. Vemos una película sobre surcoreanos condenados a muerte que entrenan dos años para asesinar a Kim II-sung, pero su misión se frustra por órdenes de sus superiores. Terminan todos matándose entre ellos. Las balas y gritos en coreano suenan en la pantalla mientras termino de desvestir a Mario. Cogemos hasta que empieza la siguiente película. Se duerme, y ya no tiene esa expresión de niño sorprendido. Su cara es pacífica, de cansancio. No puedo evitar sonreír. Apago la tele y me duermo junto a él.  
Pero en realidad él sigue ahí, con su cara desfigurada, tratando de digerir el mensaje completo. Parece haber tomado una decisión dentro de su cabeza, sobre cómo reaccionar ante mi repentina honestidad. No deja de ser interesante identificar cómo cada uno de los músculos de su cara se contrae retratando una fracción específica de su indignación. De pronto, todas las largas tardes que pasamos recostados juntos en las cuales le explicaba con paciencia las intrincadas construcciones teóricas que se desparramaban en cientos y cientos de páginas sobre la inviabilidad moral de considerar al individuo como un objeto apropiable dentro de una relación afectuosa, eran una vil mentira que podía ser resumida en una palabra de dos sílabas, una palabra que podía reflejarse en sus pupilas, que podía oírse resonar dentro de él, a pesar de todo el barullo a nuestro alrededor, a pesar del chico que nos retiraba las botellas vacías de cerveza y nos preguntaba que más íbamos a pedir, a pesar de los idiotas que derramaban cerveza en la mesa de al lado y explotaban en carcajadas, a pesar de la música ensordecedora que ahora tocaba ANN de The Stooges a través de esos parlantes sucios en las paredes, se podía oír su murmullo creciente, hasta salir con mayor seguridad de su boca, y formar un vocablo que parecía querer abarcarlo todo; PU-TA, PU-TA, PU-TA, PU-TA, PU-TA, PU-TA, PU-TA, PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA incesantemente hasta atraer la atención de las mesas cercanas.
Quizás esperaba una respuesta apropiada en ese momento. Reconozco mi incapacidad para sobrellevar esas situaciones: “Tengo vocación por el placer ajeno” respondí. Botó una botella de cerveza a la mitad al levantarse de golpe de la mesa e irse del bar. Aún sobraba algo en mi vaso, y yo seguía con sed. No es de cerveza, o agua o semen o ron o todos los artificios de fantasía existentes para calmarla, ni aún una sensación que pudiese identificarse en mi garganta específicamente, pero es sed, sed al fin y al cabo.




domingo, 3 de junio de 2012

Cazabobos


Jenny Lessman dice:
:-P hello there
"En volá" dice:
hi sweetie
Jenny Lessman dice:
I am normally pretty shy, but a big fetish of mine is tobe watched & directed on webcam :-)
"En volá" dice:
i am normally pretty pervert but i prefer hot dogs
really HOT dogs
Jenny Lessman dice:
What is your favorite color?
"En volá" dice:
cock color
Jenny Lessman dice:
i love it babe, i wish urs was here so I can grab on it ;-)
"En volá" dice:
do u want to have a cock or something?
Jenny Lessman dice:
i love it babe, i wish urs was here so I can grab on it ;-)
"En volá"dice:
oh, so u are a machine
or a program
this is so awkward, its my first time with a machine
please be careful :$
Jenny Lessman dice:
ok.. i'm not a machine.. R u? lol what are we playing terminator roles?? lol
"En volá" dice:
that was clever jajaja
Jenny Lessman dice:
The reason that i ask is because I just got a bunch of new underwear for xmas so I wanted to wear a sexy pair of them for ya!?
"En volá" dice:
i got a lots of those too, wanna change?
Jenny Lessman dice:
Yeah im probably going to wear this tiny little black thong if that's ok with you? It's really small though.
"En volá" dice:
oh, i can fit in
Jenny Lessman dice:
Wowzers, just put them on and they are really tiny - Not sure if ill be aloud to take them back considering the state i am in right now  (naughty i know!!)
"En volá" dice:
yes, its naughty
Jenny Lessman dice:
Are you as naughty as I am?? if so you will be spanked ;-)
"En volá" dice:
damned! your programmer its a nasty motherfucker
Jenny Lessman dice:
Ok let me login to my cam (i think its working) and ill get us set up for a private session
"En volá" dice:
u might not understand
Jenny Lessman dice:
K its setup, go to: http://t.co/sJeuQSd and click join (Accept invite)  and let me know your user name and ill send u an invite
"En volá"dice:
im not THAT horny, what's your answer for that?
Jenny Lessman dice:
holy shit im wet right now, i got some toys...plz watch me play? I like when guys tell me what to do..
"En volá" dice:
im gonna tell u what to do, put a toy on your pubis area, use some glue to keep it still, then take a plane, come here, and fuck me with that.
Jenny Lessman dice:
there is no cost but keeps the young ones out and also makes sure im not recorded (would not be good for job interviews coming up)
"En volá" dice:
such a god damn pussy...
Jenny Lessman dice:
my pussy is nice and tight ;)
"En volá" dice:
cheer for your pussy.
Jenny Lessman dice:
does that link work i just set it up last week?
"En volá" dice:
i dont know, why should i use that link? what is love? baby don't hurt me, don't hurt me, no more...
Jenny Lessman dice:
Did u recieve ur username yet? Hurry up, these panties arent as black as they originally where ;-)
"En volá" dice:
im not pretty much sure about my username. help to choose one. option a) cock-sucker; option b) men-eater; option c) hole-digger.
Jenny Lessman dice:
Jenny
"En volá" dice:
lessman?
Jenny Lessman dice:
k once your in my room go private with me so we can talk just me and u ;-)
"En volá" dice:
is Lessman a jew last name?
Jenny Lessman dice:
Jenny
"En volá" dice:
this is funny, can u actually answer a random question without explote?
Jenny Lessman dice:
ok
"En volá" dice:
do u prefer Monet or Manet?

-fin de la conversación-






jueves, 31 de mayo de 2012

Pavor (parte uno)



Cuando me dieron el sobrecito, lo primero que hice fue mandar a la mierda todo mi discurso de odio recalcitrante contra la religión e ir a la iglesia más cercana para abrirlo. En realidad no era la más cercana, era de las pocas que me gustaban medianamente, porque nunca iba mucha gente y porque además era la única que conocía que tuviese un santo negro dentro de sus figuritas. Leí los resultados sin entender mucho. Los releí varias veces, a ver si había algún detalle técnico que diese cuenta de mi ignorancia sobre el tema y que significase, en definitiva, una interpretación completamente distinta. Pero no. 
Estuve varios días como en stand-by, como cuando las teles antiguas no sintonizaban un canal y se quedaban ininterrumpidamente transmitiendo puntitos negros y blancos que se movían emitiendo un sonido de estática. Después de comerme un flan en el casino antes de ir a una clase que ni siquiera recuerdo, sentí que mi antena volvía a sintonizar la señal, pero esta vez en otro canal. Me dirigí con el sabor dulce del flan todavía en la boca hacia un computador, tomé este aparatito tan tecnológico que tengo y que hace las veces de celular, le saqué una foto al examen que llevaba días en mi mochila desde que leí los resultados en la iglesia, y la subí a facebook, haciendo mofa de mí mismo; “Dale así no más, me decían. Sin condón es más rico, me decían”. Apenas publiqué la foto, apagué el computador y fui a buscar a la amiga que me acompañó en el viaje al norte, total, a ella no cabía esconderle nada. 
Llegué a su casa con un vodka, aunque no tomo destilados. Nos emborrachamos. Adivino que en algún momento lloré, luego de revisar mi cara en el espejo de su baño, a eso de las cuatro y algo de la mañana. Salgo del baño y la veo sobre la cama, con sus calzones verdes lima a mitad del culo, babeando sobre su almohada, las sábanas revueltas como si hubiésemos follado. Me recuesto a su lado, de espaldas, acurrucándome para abrigarme. Ella me abraza por detrás y nos dormimos así, en cucharita, con sus gatos grises saltando en sueños a los pies de la cama. 
Al día siguiente, no me despierta ni la alarma ni mi amiga, sino que una llamada a mi celular. Me demoro demasiado en encontrar mi pantalón por el suelo y la llamada se corta. “A la mierda” pienso, y me vuelvo a acostar. El celular suena estrepitoso de nuevo, mi amiga gruñe y se tapa la cabeza con su almohada baboseada. Salto de la cama, encuentro el puto celular y contesto sin ganas. Del otro lado, la voz exaltada de una amiga en Temuco me pregunta casi a gritos si es verdad o no. “¿Qué mierda?” grazno medio asustado por su tono de voz. “La foto que publicaste en face, el examen donde sale tu nombre”. Hago memoria de lo que hice ayer, de por qué amanecí casi en bolas en esa casita, de por qué tengo este sabor rancio a naranja química en la lengua y sobre todo, por qué diablos publiqué una foto de mi examen. Luego de uno o dos segundos haciendo un repaso por todo mi ejercicio mental de argumentación ideológica, confirmo el objetivo de mis acciones: “Sí, es verdad. Es cierto, el examen es mío, yo lo publiqué”. Por el celular se escucha nítidamente como a mi amiga se le hace un nudo en la garganta. Pregunta escuetamente por qué publiqué la foto. Le respondo que es una larga historia, que no estoy de ánimo para explicarle ahora, pero que ya me daría el tiempo para contarle todo, especialmente a ti, hago énfasis, especialmente a ti tengo que contarte todo cariño, pero ahora no por favor, que me sobrepasa un poco todo esto y todavía no tomo ni desayuno. Oigo unos sonidos húmedos, como esa onomatopeya de snif snif y ella repite un par de veces “¿Pero cómo? ¿Pero cómo?”. Apenas atino a pedir perdón y decirle que la llamaré más tarde. Cuelgo. Estoy en el baño frente a la ducha. Mi amiga que gusta de babosear la almohada, ya despertó y oyó toda la conversación. Desde la cocina me grita que esta prendido el calefón, con un tono casual como de madre que te pregunta si quieres pan tostado con mantequilla o pan con mermelada de desayuno. No le sale tan bien, pero se agradece el esfuerzo. Me desvisto, abro la válvula del agua caliente y me quedo debajo, con los ojos cerrados, inmóvil, hasta que varios minutos después oigo un nock nock despacio en la puerta del baño. “¿Estás bien?”.





Sin ayuda






“Caminemos” dijiste, tú sucia criminal. Te pudriste toda, a zancadas arrancabas de las excusas que te iba dando. Sostenía tu velo al son de arcadas por las alfombradas calles. Me cobrabas un pasaje tan inusual entonces, la consiguiente búsqueda de paciencia allí donde los vellos púbicos hacen nido de hombres. Te sudaba, una y otra vez, y la insistencia de inundar mis poros, ahogarme en tu sabor salado, como forzar lo que se expulsa, ¿Cuántos dedos tamborileaban sobre la mesa? Cogiste y cogiste ramos de flores que estrellaste en mi cabeza, “caminemos” decías, tú sucia criminal, volvías a llenar de epítetos las altas paredes, yo reptaba de espaldas desde las cinco y cuarto hasta las doce y pico, hora del beso culmine, dibujos a carbón de ángeles excitados sueñan contigo recostada, y tan abrasadora fue su indiferencia; nociva es tu voz retumbando en ondas elípticas por la habitación.
Ahí no quedaba mucha gente para mentirles, nadie iba a creernos de todos modos.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Inmortales


La gente es ridícula dentro de sus reacciones.

¿O me mientes?

¿Cuál es la reacción de la gente cuando se vuelve conocida? ¿A quién corresponde ver dentro de sus atribuciones?

Hablar como un idiota es algo típico y natural en el concepto de hombre que se comparte hoy en día, los papeles reflejan en la tinta desparramada que fracasó, que está destinado a ser algo más que solo una noticia afuera de la puerta, una sirena sonando y que provoca las caras de los vecinos en las ventanas, cuantas veces te hemos dicho que las mentiras son una sola, que los golpes preceden siempre al borde del cuchillo, no tenemos ojos en la espalda y puede que las llaves se hayan perdido, ahora habrá que dormir con medio ojo abierto, esa inmortalidad de la que se jactan las personas con seso pequeño, no muestran las copas que hacen eco en la sangre, imagínate si acaso hay o no hijos de por medio, la venganza es algo inevitable dentro de lo poco hermoso que es, esas falaces declaraciones donde consideras que a lo mejor algo salió mal desde el principio, donde te vestías apresuradamente para recibir una mala noticia que daba paso a absurdas confesiones, porque la dureza no consiente la normalidad de la tragedia, ahora quizás tengamos que cambiar la chapa de la puerta, estamos de acuerdo en cambiar toda la forma en que hablamos, en diluir en lágrimas los arrepentimientos por las decisiones que tomamos, las zapatillas igual eran baratas, y los pacos nunca van a hacer nada según me dicen desde mitos murmurados entre vociferaciones borrachas, sonadas de nariz y mala suerte, todas las posibilidades de que la angustia se pasee veleidosa al lado de la línea del tren, me cagaron, me cagaron, me cagaron, no me interesa todo lo que se pierde, me interesa el susto que provocas y que me hace vestir apresuradamente, dices que también devolviste la estupidez, que solo fue mala suerte, que eres invencible y que tu piel no será traspasada por pedacitos de metal contemplados con malicia, que el filo de algo brillante no te acariciará en medio de la noche, porque confundes lo que es el sentimiento, ¿Qué significa estar consciente en estos casos? ¿Qué significan en estos momentos tus famosos amigos? me dan rabia las inmediaciones de la mala fortuna, y de que las defensas sin esperanzas son propias de los hombres, como los hombres, aclarando que tu gente es tu gente y que eso no cambia después de todas las cosas que nunca te había dicho, los conocen y los tienen identificados, la noche es joven, sedienta de más noche, con abrazos y nudos ahogados en ira, por pedazos de papel estampados de piedras, color rojo sobre papeles verdes, la dinámica estúpida de aquellos que consideran posible encontrarse de nuevo las posiciones, te escolto hasta acá, por allá, porque sé que por ahí pasan cosas malas, sé cómo prevenir y como desaparecer, pero eventualmente las confesiones también se acaban con excusas de la realidad, y lo que no estaba allí después de todo, por eso yo vi prevenir todo esto, corriendo todo es más fácil, dejando atrás las situaciones de hace una hora atrás, como si pudiese hacer algo más que preocuparme, dejar de hablar como delincuente es tan difícil cuando el desayuno consiste en un idolatría tonta en el espejo, consideramos como compañía que dos billetes son una pérdida innecesaria, defendida orgullosamente porque la ignorancia es hoy sabiduría, los rayos no caen dos veces en el mismo lugar, entonces ¿Que significan en esta noche las experiencias? La ruleta cambia y la conformidad nos desborda. La magia que se hace con una moneda, con los gatos varían las cosas, que la personalidad no se conoce hasta que colapsa la soledad, yo sé que todavía no se van, que llamen a todos los que sea necesario llamar. Porque no era necesario llamarlos a todos de todos modos, no era necesario ser increíblemente idiota para llegar en una bolsa, no era necesario pensar que se es inmortal para dejar de creer en la parca. Los engaños, las burlas, las preocupaciones, y recuerdo tu número de memoria. No se puede hacer más de lo que se conoce como horizonte, y tú no sabes lo que viene ahora. ¿Cómo puedo prever que ellos no se han ido? Las consideraciones estéticas son meros recuerdos que según conceptos represivos, no son importantes. ¿Qué se puede hacer sin papeles? Y nadie considera que era importante, pero orgullosamente te paraste de manera imbécil.

Quiero salir, y dejar de yacer en esta casa.

Yo no quiero estar acá.

Yo no le tengo miedo a la calle.

Las promesas incumplidas también duelen porque son decepciones que corroen los vínculos que se forjaron en esta casa. Esta casa donde te acostumbraste a gritar como si nadie te oyese.

Esta casa tonta, donde me despido siempre.




sábado, 9 de julio de 2011

No más descubrimientos


Quizás le tuviesen miedo. Y fuese la única explicación totalmente satisfactoria que se nos ocultó todo este tiempo. Pero era tarde cuando ya estábamos arrastrados en el suelo, más o menos todos abrazados, pero en verdad no, porque el verano del sesenta y ocho había pasado y hacía tiempo que ser hippie significaba lo mismo que un dinosaurio melancólico para las nuevas camadas. De todos modos, fósiles o no, los perros estaban entrenados para morder hasta los huesos, ni siquiera para ladrar. Podríamos decir que ladraban por protocolos que debían seguir so pena de hallarse de patitas en la calle. A fin de cuentas, esos protocolos solo nos daban tiempo. Estiraban los momentos de tensión como un chicle desesperante, las carnes tensas y expectantes al movimiento que se desarrollase desde el otro lado del tablero. Yo mismo miraba a todos lados y veía cernirse el cerco sobre nosotros. Un par de viejitas me preocupaban insensatamente, más bien por razones piadosas. Si llegase a su edad, bien sería poder seguir invadiendo las calles en pos de razones que obedezcan a las ideas que me pareciesen justas, pero sus cuerpos ya no estaban ni medianamente cerca de poder soportar una “gaseada” proveniente de todos los ángulos estratégicamente posibles. Como hubiesen querido ellas tal vez ser veinteañeras recién pudriéndose, de nuevo, para bailarles rebeldes a las cámaras vigilándolo todo en las esquinas.

No hubo mayor tiempo para cavilaciones cuando anunciaron la intervención a un nivel más violento. Y bueno, se mordían la lengua para anunciarlo. No le sorprendía a nadie, en realidad. Me sujeté de las manos con mis amigos. Una chica enfrente mío, estaba dolorosamente nerviosa, a punto de arrancar gritando de allí. No cabía ponerse a consolarla, ni darle tratamiento relajante, sino un par de escuetas frases de recomendaciones vitales para salir de allí si las cosas se pusiesen en exceso color hormiga. El asfalto me parecía ahora un lugar tan poderoso como peligroso. Vaya uno a saber si los bocinazos nos apoyaban o demandaban una y otra vez nuestro desalojo. El día en que me pare de sorprender de lo graciosamente individuales y enquistados que son ciertos energúmenos, es cuando me vuelva sin lugar a dudas en uno de ellos.

El carro avanzó, como esos arcanos del tarot, anunciando cosas que no podíamos comprender más allá de lo que viésemos en el momento, solo susceptible a profundas y ajenas interpretaciones y análisis posteriores por tipos que se decían intelectuales, aplicando sus intrincados conceptos y clasificaciones a la burda normalidad que era para nosotros vernos las caras a través de las pantallas por cuatrocientos pesos la hora en el centro de llamados a la vuelta de la esquina. Desde nuestra impresionabilidad provinciana, denunciábamos con raras palabras que formaban frases cantaditas el revolcón helado con sabor a violación en que se habían convertido los grandes simbolismos de la seguridad citadina. Ya se comentaba desde hacía semanas que los mastines corrían un poco demasiado energizados en las persecuciones, que se abalanzaban con un fulgor un poco muy fuerte en los ojos sobre sus víctimas.

Gas, gas, gas por todos lados. Las viejitas eran, o militantes aguerridas de antiguos grupúsculos revolucionarios creadores de estrategias para huir de ataques fulminantes, o sabias hechiceras paganas de tiempos de la Colonia expertas en desaparecer, o (la probabilidad de la realidad cunetera) derechamente fiambres asfixiados tosiendo desfallecientes en el asfalto.

Mis manos no se soltaron durante apenas un par de metros. Percibía a mis amigos corriendo al mismo lado que yo, aunque los ojos entrecerrados no me permitiesen comprobarlo. Solo la chica que estaba sentada enfrente de mí me preocupaba fugazmente, ya que tal vez no hubiese escuchado o prestado suficiente atención al momento en que acordamos reunirnos en la plaza que se encontraba a cinco cuadras de allí si todo se volvía una copia del humeante Neptuno.

Negro, cruzándose curvados en mi camino. Rojo, ocultándose desesperadamente entre la muchedumbre. Café, tratando de encajar en algún lado, en el ciudadano público morboso. Blanco, muy atrás, con afanes tristes de contener la cacería (es que ellos añoran los tiempos del sesenta y ocho). Los trajes vestidos exclusivamente para la ocasión, algo extravagantes, se agrupaban entre ellos, tanto para reafirmar de manera más coactiva lo que el Blanco trató ridículamente de sostener, como para fugarse raudos del lugar, sabiéndose chivos expiatorios por antonomasia. Verde, persiguiéndolos a todos. Sus cascos no me dejaban observar, pero un murmullo silencioso en la huida adivinaba que tenían la lengua afuera, las venas se hinchaban en sus brazos y las pupilas se ampliaban ya por la emoción del deber disfrazado de instinto, o quién sabe, quizás lo contrario.

Mis poros evidenciaban el desagüe de sudor frío, contaminado por demasiada nicotina. Unos minutos más y me hubiese vuelto parte del asfalto también. Me alcanzó el combustible el tiempo preciso para perder de vista el Verde, y llegar a la plaza al trote. Uno, tres, cinco, ¿Estamos todos no? Mierda, ¿Y la niña que andaba contigo? Ya, ¿Qué hacemos? Allá está la cagá. Vamos todos, si acaso unidos podemos improvisar maniobras evasivas. A la marcha, media cuadra, y en el tumulto galopante que viene en dirección contraria con los rostros distorsionados por la respiración infrahumana, vislumbramos a una niña con una expresión de miedo particularmente familiar. Volando de un ala la agarramos, limón ahora ya, a la plaza de vuelta, lágrimas artificiales que aparecieron de algún bolso, elección presurosa de caminos y a la marcha nuevamente.

Hay que caminar como ciudadanos imperturbables. Es todo un arte, cuando el corazón te dice todo lo contrario en su irresistible palpitar. Oímos las sirenas silbar a nuestro lado, y las balizas, brillando como si estuvieran en carnaval, detenerse un poco más allá, Verde bajarse de manera exagerada, encarando sujetos con traje de fiesta a tono, y estos, sabiéndose palos blancos, protestar a gritos por la venganza teñida de procedimiento. El imperturbable semblante general de los espectadores pareció ser la aprobación tácita sobre la prosecución del espectáculo. Hasta nuestros enrabiados corazones trataron de acallar un poco su carrera para aclimatarse en el frío público. Mi abuela tenía un dicho en contra de esos episodios tan cómplices del vejamen; “Todos los corderos agradecen que no los eligieron a ellos cuando trasladan a otro desde al corral al matadero, y luego chillan al saber que todos los demás se regocijan cuando el turno les corresponde a ellos” exhaló cansada alguna tarde de verano que recuerdo con baja resolución.

Corderos de cabeza gacha, seguimos hasta la población más cercana. El centro quedaba a muchas cuadras y las sirenas se oían veloces llenando todas las avenidas principales. Un par de cuadras más y nos echamos a descansar los pies en una plaza semi-oculta entre árboles frondosos de clase media y un par de pasajes estrechos con poca accesibilidad de vehículos. Uno se quedó un par de minutos, y despidiéndose de todos, se llevó a la chiquilla nerviosa de la mano, ya más tranquila, sabiendo que por esa noche el turno era de otro. La despedimos con empatía, porque también tuvimos y en cierta manera, no hemos dejado de tener pavor en ser lo que la naturaleza, o las hormonas, o los libros, o la cochina ciudadela nos exige ser: solamente todo lo que puede serse, y un poquito mucho más allá de eso.

Comentarios van y vienen, que hubo bastante y en escala más bien apoteósica, que las calles pronto revestirán un verde más pacato que reemplazaría los frondosos árboles de clase media, que entre varios cientos de personas la cuenta final arrojaba cierta adhesión espontánea, un golpe bajo para la complicidad de cuneta y estación de micro. A modo de coronar una de varias más sesiones de descanso en el asfalto, en las evocaciones masivas de las antiguas añoranzas cursis y utópicas, uno de los restantes hizo aparecer de su bolsillo un cocaví gracioso a mi lado. Lo encendió la única chica que quedaba, altiva e intelectual ella, con especial cuidado en no quemar nada más de lo necesario. Otro también sorprendió al hacer aparecer un cartucho de cogollos. Si la idea era celebrar, había que tirar toda la carne a la parrilla. El que lo saca elige quién lo enciende, y así nos fuimos por varios minutos. Corre que te pillo, y ya todos nos hallábamos con los pulmones llenos de humo, sintiendo que conforme pasaban los segundos, se nos subía alegremente a la cabeza, y el pasto en que apoyábamos nuestras manos adquiría una textura reveladoramente llena de vida. Estábamos sentados sobre una especie de loma, debajo de un árbol que no conocía mayormente, pero parecía a punto de florecer con tonalidades amarillas. Se podía observar no el centro, pero sí las demás poblaciones que lo circundaban, los postes de luz en conjunto creando una borrosa postal de la ciudad, como velas, el resplandor de cientos de velas sobre cajitas de fósforos, apiladas una sobre otra, dejando entrever en su centelleo los colores que bañaban las cajitas. Corría algo de brisa, pero no hacía mayor frío. Ahí hay un negocio abierto, mira. Monedas, más bolsillos y más monedas. Una cajetilla de cigarros, por favor. ¿Para qué nos alcanza?

Vuelta a la marcha; uno que se despidió de todos, y caminó, medio lentito, en búsqueda de un colectivo hacia su casa. La plaza, el pastito, las luces de los autos que pasan varios metros más allá, quizás riéndose de nuestras risas.

La brisa no está helada ni muy fuerte cuando pasa a ras de la ciudad, pero parece suficiente arriba en el cielo para desplazar con relativa velocidad las nubes. No puedo evitarlo, y me recuesto para saludar a la Luna y sus secuaces, que realizan titilantes constelaciones que no entiendo. Uno a uno se me unen, la chica altiva e intelectual cruza un pierna sobre otra mientras exhala el humo del cigarro al aire, recostada a mi lado izquierdo. Otro a mi derecha, con chaqueta de cuerina salida de tienda de ropa americana que en realidad no es americana sino que fijo se la robaron a algún desafortunado en algún punto oscuro y perdido de la ciudad, le toma la mano al chico de lentes con marco negro grueso a su otro lado, que a su vez entiende la necesidad que tenemos todos de sostenernos las manos con alguien ante la impaciente celeridad que nos incitaba la imagen del firmamento nocturno. Tímidamente acerqué mi mano izquierda a la de ella, pero ella actuó más decidida, apretándomela suavemente sin mayor trámite. Nos quedamos allí largo rato todos en silencio, sabiendo que lo que hacíamos era cliché y auguraba para futuros recuerdos, anécdotas de yuppies camuflados de progresistas pero marginales jactándose sobre lo revolucionarios que eran cuando adolescentes.

El efecto de la hierba quemada sacudió mis neuronas con dulzura. Las fotografías que concebía en mi pensamiento se manifestaban una tras otra, como una presentación de diapositivas frenética y sin orden, de vez en cuando con interferencias de palabras azarosas entre medio, ya entremezclándose unas con otras, convirtiéndose en un conglomerado idílico entre ideas chisporroteantes que aparecían y se extinguían, dejándome con la creciente ansiedad de atraparlas en el aire antes de que se esfumasen.

Quizás le tuviesen miedo por eso. A eso y a todo lo que nos negábamos a dejar de ser. Acostarse en el asfalto frente a los alarmantes carros verdes era solo una manera de expresarlo, pero se aunaba más de un anhelo común entre aquellos que huíamos gaseados. Las horas ya no transitaban como nos dijesen que lo hacían cuando niños, las experiencias nos parecían menos traumantes e importantes como cuando nos las presentaron, y acaso los motivos para confesiones ultra terrenas se tornaban asuntos extremadamente comunes y placenteros, arrancándoles el vestigio de tabúes que osaban llevar. Nuestras manos juntas sobre el pasto reveladoramente vivo nos decían algo más de eso. Quizás tenían miedo de lo que pudiésemos imaginar. Pero como con todo lo demás, un instintivo impulso nos susurraba que en verdad las cosas no eran tan malignas como nos quisieron hacer creer y que el peligro provenía desde otras vertientes; la tan bienhechora y realmente maligna cobertura pública y cotidiana de los pecados sociales que nos carcomían la esencia sin que tuviésemos palabras para describirlo.

Ahora, con la Luna revoloteando allá arriba, la única explicación posible para tanto temor y orgullo era lo que podíamos descubrir más allá de lo que ellos percibían. Quizás a eso, entre muchas otras cosas, pero solo a eso, como su temor más profundo de todos, correspondía la explicación para tanta irracionalidad. La muerte de cada una de nuestras células cerebrales, significaba metafóricamente una explosión de novedad, creando cadenas larguísimas de asuntos que no podríamos explicar aunque nos empeñásemos en eso la vida. Cada una era un estallido en medio de la oscuridad, llenado todos los espacios de cosas tan jodidamente nuevas, que las palabras se hacían absurdas e inútiles para denominarlas, porque escapaban deliberadamente de ellas. Como alguien que contemplase un color nuevo, o un sonido que nunca pudiese explicar, las ideas que brillaban efímeras en nuestra cabeza, provenientes de tantas muertes no recomendadas, parecían tener vida propia, pues al querer mirarlas de frente, se ocultaban en palabras conocidas, en sensaciones ya experimentadas. Huían de nosotros, como también lo hicimos de quienes no podían entendernos. Quizás a esto le tuviesen tanto profundo y freudiano pánico. Estábamos viendo algo nuevo, y eso no tenía lugar, denominación, forma alguna existente para volverlo socialmente “real”.

El tiempo transcurrió como sabíamos que lo haría, sin originalidad, ni variación en sus cambios impertinentes. El gigantesco sonido entre vagabundo y sonámbulo que emanaba de la ciudad ante la ausencia de las sirenas fue la señal de empezar a moverse. Nos levantamos, sabiendo en pocas palabras mal hilvanadas, abrazos espontáneos, gestos toscos y apretones de manos, que queríamos decir algo parecido, ojalá igual, pero no había como volverlo socialmente “real”. Así como con todo lo que nosotros éramos, tanto en grupo como individualmente, nuestras diferentes pero racionalmente similares aspiraciones a lo que esperábamos que fuera la más natural normalidad, sabíamos que en cada medida, nada poseía suficiente realidad social. Y caía como un balde de agua fría sobre nosotros, más que la progresiva brisa gélida nocturna misma.

Vuelta a la marcha; rumbo a nuestros hogares. Que nadie recuerde lo que sucedió esta noche, no vaya a ser acaso que uno u otro se ilusioné demasiado, y pretenda, en el más retorcido, subversivo, antisocial y enfermo (original) sueño que tenga, darle realidad a lo que presenciamos en nuestras mentes; el espectáculo pirotécnico de nuestras propias convicciones.


"Honey, I'm home".